Olvidar dónde hemos dejado las llaves, entrar en una habitación y no recordar para qué íbamos, tener una palabra “en la punta de la lengua” o no acordarnos de una conversación concreta son experiencias que forman parte de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, cuando estos pequeños olvidos empiezan a repetirse, es frecuente que nos preocupemos y nos preguntemos si pueden estar indicando algún problema de memoria. La preocupación aumenta especialmente cuando los olvidos aparecen en determinados momentos de la vida en los que prestamos más atención a nuestro rendimiento cognitivo.
En este contexto, una de las preguntas que podemos hacernos es precisamente si es normal olvidarse de cosas. La respuesta, en la mayoría de las ocasiones, es sí. Nuestra memoria no funciona como una grabadora que almacena todo lo que vivimos, sino como un sistema dinámico que selecciona, organiza, almacena y recupera información. Por ello, olvidar determinados datos no significa necesariamente que nuestra memoria esté funcionando mal.
Para comprender cuándo debemos preocuparnos y cuándo podemos considerar estos olvidos parte del funcionamiento habitual, necesitamos tener en cuenta tanto la evolución de nuestras capacidades cognitivas a lo largo de la vida como las circunstancias concretas en las que aparecen los olvidos.
La evolución del rendimiento cognitivo a lo largo de la vida
Nuestro rendimiento cognitivo cambia a medida que envejecemos. No todas las capacidades evolucionan de la misma manera ni al mismo ritmo. Algunas funciones pueden mantenerse estables durante muchos años, mientras que otras pueden experimentar cambios progresivos relacionados con el envejecimiento normal.
Por ejemplo, con el paso del tiempo podemos necesitar más tiempo para aprender información nueva, recuperar determinados nombres o encontrar una palabra concreta. También puede resultarnos más difícil mantener simultáneamente diferentes fuentes de información o responder con la misma rapidez que cuando éramos más jóvenes. Estos cambios, por sí mismos, no implican necesariamente un deterioro cognitivo.
Además, nuestro rendimiento no depende exclusivamente de la edad. El sueño, el estrés, la ansiedad, el estado emocional, la sobrecarga de tareas o incluso determinados hábitos cotidianos pueden influir notablemente en nuestra capacidad para atender y recordar información. Si estamos preocupados o cansados, por ejemplo, podemos prestar menos atención a lo que ocurre a nuestro alrededor y, posteriormente, tener la sensación de que nuestra memoria está fallando.
Por eso, cuando nos preguntamos es normal olvidarse de cosas, no debemos valorar únicamente la cantidad de olvidos. También debemos analizar en qué contexto aparecen, con qué frecuencia suceden y hasta qué punto interfieren en nuestra vida cotidiana.

¿Es normal olvidarse de cosas?
En términos generales, sí. Es normal olvidarse de cosas de vez en cuando. El problema aparece cuando interpretamos cualquier fallo de memoria como una señal de enfermedad. Esta interpretación puede generar preocupación y llevarnos a prestar una atención excesiva a nuestros olvidos, haciendo que los percibamos como más frecuentes o importantes de lo que realmente son.
Para diferenciar los olvidos cotidianos de aquellos que pueden requerir una valoración profesional, podemos fijarnos en algunas señales que os detallamos a continuación.
Señales de olvidos normales
Los olvidos habituales suelen ser puntuales y no interfieren de manera significativa en nuestra autonomía. Podemos olvidar una cita y recordarla posteriormente al consultar la agenda, perder ocasionalmente objetos que utilizamos con frecuencia o necesitar unos segundos para recordar el nombre de una persona que conocemos.
También es frecuente olvidar información a la que no hemos prestado suficiente atención. Si estamos haciendo varias cosas a la vez, tenemos muchas preocupaciones o estamos especialmente cansados, es posible que no codifiquemos adecuadamente determinados acontecimientos. En estos casos, el problema no está necesariamente en la capacidad para almacenar recuerdos, sino en que la información no ha recibido suficiente atención desde el principio.
Otra característica importante es que, ante una pequeña pista, conseguimos recuperar la información. Por ejemplo, podemos no recordar inmediatamente el nombre de una persona, pero reconocerlo cuando alguien nos lo dice. En estos casos, es normal olvidarse de cosas sin que exista necesariamente un problema cognitivo.
Señales de olvidos que conviene valorar
Los olvidos pueden resultar más preocupantes cuando son persistentes, progresivos o afectan de manera clara a nuestro funcionamiento cotidiano. No es lo mismo olvidar ocasionalmente dónde hemos dejado las llaves que perderlas constantemente y no recordar para qué sirven o cómo utilizarlas.
También debemos prestar atención cuando empezamos a repetir las mismas preguntas o historias de manera frecuente, tenemos dificultades importantes para seguir conversaciones, nos cuesta realizar tareas habituales que antes hacíamos sin dificultad o necesitamos ayuda para actividades de la vida diaria.
Otro aspecto relevante es la desorientación. Perdernos en lugares conocidos, no saber en qué fecha estamos de forma repetida o presentar dificultades significativas para reconocer a personas cercanas son señales diferentes de los pequeños despistes cotidianos.
En estos casos, la pregunta es normal olvidarse de cosas debería acompañarse de otra más importante: ¿estos olvidos representan un cambio respecto a nuestro funcionamiento habitual? Cuando existe una modificación clara y progresiva de nuestras capacidades, resulta recomendable realizar una valoración profesional que permita comprender qué está ocurriendo. Si te has sentido identificado con esto o has pensado en alguna persona importante de tu entorno y necesitas más información, no dudes en contactar con nosotras pinchando aquí. Valoraremos tu situación de manera gratuita para indicarte qué pasos dar.
